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jueves, 11 de febrero de 2010

Prao Viejo


Brown, un perro montañero de Salientes

Decía Vitín que Salientes tiene 11 valles: Tejedo, Rabón, Prao Viejo, Peña Vendimia, el del Alto del Puerto, Portilla, Brañalibrán, Tierrafracio, Valdiglesia, Vardaldá y Braña la Pena. Aunque el del Alto del Puerto no recuerdo qué nombre le dió, porque el arroyo cambia de nombre según los tramos. Pero es increíble que sólo por dos o tres de ellos se puedan concluir rutas a las cumbres que los cierran, por itinerarios medianamente razonables. El potencial para el montañismo en Salientes es el mayor de todo el Alto Sil, pero el abandono de senderos e incluso de anchos caminos, la convierte en un lugar para el montañismo salvaje, que también podríamos llamar montañismo magullado, que es como llegas al coche después de algunas rutas.


Valle de Brañalibrán, por el que discurre la ruta normal a la Peña de Valdiglesia

Los accesos a la entrada de casi todos estos valles son buenos, continuando luego en algunos casos hasta el final del valle, donde concluyen. En otros ni siquiera eso, como en el valle de Valdiglesia, donde a apenas 200 metros del pueblo en línea recta, justo al inicio del valle, un camino de tres metros de anchura, perfectamente construido, está totalmente oculto bajo los piornos. Hace año y medio, la emprendedora pareja propietaria del único lugar para pernoctar en Salientes, Mil Madreñas Rojas, hizo una convocatoria entre amigos y conocidos para limpiar entre todos, con la guía de Vitín, un antiguo sendero que subía directamente de Salientes al Tambarón. Llegaron las nieves sin mediar palabra, y aquello tuvo que posponerse sine die.


Mi rincón favorito del valle de Salientes: camino hacia Tejedo, Rabón y Prao Viejo, con el bosque y macizo de Valdiglesia enfrente

El acondicionamiento de ese sendero y de los muchos que hay perdidos en Salientes no debería recaer en particulares que ponen su sudor, potenciales lumbalgias, tiempo e incluso dinero. Pero si quien gobierna no gobierna, los gobernados tienen que gobernarse ellos solos. Me acuerdo de esos 6 millones de euros que costó hacer el estudio informativo sobre la autovía de Toreno a Villablino, la cual al final no se va a hacer. Una autovía que no iba a aportar ninguna riqueza a estas comarcas, como no la ha aportado ninguna otra autovía en lugares similares a éstos. Con una milésima parte de esos 6 millones de euros derrochados en un simple informe -que al final no ha valido para nada- podría acondicionarse un lugar como Salientes para convertirlo en un referente del senderismo a nivel provincial, como en justicia debería ser. Eso sí aportaría riqueza a la zona, aparte de indirectamente y a medio plazo ayudar a fijar la poca población que ya queda.

Poste de la ruta a Prao Viejo, una de las rutas señalizadas del municipio de Palacios del Sil. Las señales e indicaciones son escasas, pero el presupuesto de un municipio tan grande y con tan pocos habitantes, también.

Hoy voy a hablar de uno de esos valles que no conducen a ninguna parte, aunque si uno se lo propone y no le importa la lucha cuerpo a cuerpo con la vegetación, se pueden alcanzar desde allí importantes cumbres. Es el valle de Prao Viejo, el tercero por la izquierda según avanzamos de Valseco a Salientes y que, aunque las cumbres que lo rodean no son las más altas de la zona, es, junto con los otros dos (Tejedo y Rabón) el rincón de Salientes que globalmente más me gusta.


Valle de Prao Viejo, con dos de los gigantes de Salientes detrás: Peña de Valdiglesia (2.124 m.) y Pico de Braña la Pena (2.100 m.)

De la plaza del pueblo, girando a la izquierda hacia la otra fuente -la redonda-, salimos por un camino horizontal que bordea la vega de Salientes unos metros por encima. Llegamos al río del Barrio, donde se hubo de reconstruir el puente tras la riada del otoño de 2006, y donde aún vemos los restos de una cabaña de la que apenas dejó en pie un muro. El primer camino que sale a la derecha va a una antena en el inicio de La Loma, aunque cada año que pasa cada vez es más difícil avanzar por él. El nuestro va adquiriendo pendiente, aunque no es especialmente duro. A nuestra izquierda, por encima del inmenso bosque de roble del otro lado del valle, empiezan a asomar las cumbres de la Peña de Valdiglesia, y más a la derecha, la larga cresta que sale de la cumbre del Pico de Braña la Pena, las dos montañas de 2.100 metros del valle de Salientes -al Tambarón ahora sólo le dan ya 2.097 metros y lo han sacado del club-.


Final del espolón rocoso de la Peña de Valdiglesia (2.134 m.)

El camino dobla la loma y se introduce en el valle, que al principio es común para los tres en que luego se divide. Desde aquí las vistas ya de las laderas completas de Valdiglesia y Braña la Pena son formidables. Ése es para mí el lugar más hermoso de Salientes. Un lugar para poner un mirador y extasiarse apoltronado en un banco de madera.


Cresta norte del Pico Braña la Pena, desde el camino, durante un otoño al amanecer. La poca luz del momento, las limitaciones de esta cámara, y las escasas dotes fotográficas del autor no pueden reflejar la belleza de este bosque aquel día y cualquier día de cualquier otoño

Ah, no lo he dicho: en Salientes me encontré con un viejo amigo, Babú. Y con él estaba en esta ocasión su compañero de juergas, Brown. Babú ya me acompañó anteriormente en una excursión por aquellos lares, y me pareció un perro noble y un buen compañero. No me gusta mucho que se me peguen perros en las rutas que hago, porque vayas donde vayas, y subas por donde subas, allá que van ellos, con la responsabilidad que eso supone si les sucede algo. Aunque, eso sí, al final de la jornada, al devolverlos sanos y salvos al punto de origen, se recuerda la ruta con más cariño.


Babú y Brown, expedicionarios en busca de juerga y emociones fuertes

Como siempre, intenté escabullirme de mis acompañantes, no haciéndoles mucho caso al principio, y aprovechando cualquier despiste para poner pies en polvorosa. Pero por aquello de las buenas aptitudes olfativas de estos animales, eso nunca sirve de nada, aunque a pesar de saberlo, yo siga intentándolo. Allá que íbamos los tres, aunque la mayor parte del día fui más veces sólo que acompañado. Ya Babú no perdona una ocasión en que huela a corzo por las proximidades, y súbitamente, desaparece a la carrera por entre el bosque o el matorral. Algunas veces oía ladridos, sin saber si procedían de un encuentro con el oso, con una manada de lobos, o de la emoción que le produce perseguir a los pobres ungulados. Pero Babú era un perro sin sangre en las venas comparado con Brown.


Observándolo todo, atento a cada ruido

Le había visto anteriormente un par de veces por Salientes, y de verlo tan flaco, me preguntaba si estaría enfermo. Cuando vi que salía del pueblo detrás de Babú en mi compañía, me preocupó llevar conmigo -pensaba subir al Nevadín- a un perro que se me podía quedar tirado por el camino, sin fuerzas para seguir. Pero será porque yo no entiendo mucho de perros, porque era justo todo lo contrario. Brown era puro nervio. De las cinco horas que anduve caminando, calculo que no debió permanecer en mi compañía más de media. Salía disparado monte arriba, sin dar señales de vida durante veinte minutos, para luego aparecer brevemente y continuar con otra batida en la dirección contraria. Babú, claro está, iba detrás de él, aunque en muchas ocasiones regresaba conmigo al poco tiempo.


Brown, lo mismo, pero multiplicado por dos

Hubo una ocasión en que, tras casi 45 minutos sin ver a Brown, ya le di por desaparecido. Pero no iba a ser ése el día. No sé, ni nadie lo sabe, qué fue de Brown a comienzos del último verano, pero tanta aventura no podía ser buena. Sus dueños desean creer que ahora anda por otros valles, haciendo compañía a alguien que le aprecie tanto como ellos, y ojalá sea así.

El camino continúa valle arriba,
donde encontraremos una bonita fuente, la de la Cascarina, para posteriormente desgajarse un ramal a la izquierda que se dirige al segundo de los valles, el de Rabón. El que sigue a Prao Viejo continúa de frente, por un tramo oscuro y húmedo. Ya por el valle que nos concierne, el camino enseguida toca a su fin, al inicio de unos grandes aunque estrechos prados. Esto es Prao Viejo. Por el lado derecho del valle vemos una franja boscosa que tapiza media ladera de la montaña durante aproximadamente un kilómetro: es el abedular del Monte el Sexto, muy valioso, y peculiar por cuanto se encuentra en un valle orientado hacia el sur, donde no suele ser habitual en estas montañas encontrar bosques de gran calidad.


Prao Viejo

Un sendero sale de frente por una estrecha loma, próxima al abedular, pero no es ése el lugar a recorrer para llegar al fondo del valle, sino cruzando el arroyo principal, y acompañándolo por el lado izquierdo (vertiente derecha). Por trayecto casi llano se llega al final del valle, justo debajo del collado de la Forcadona, que es el que separa el Nevadín del Miro de Rabón. Estamos en la Forcadona, llamada así por la forma de forca que producen en el terreno los arroyos que bajan por cada lado de la ladera que cierra el valle bajo el collado. Por la izquierda de donde estamos los prados continúan, hasta una pequeña terraza con un corral que se llama la Campera de las Cárcavas. Por la derecha de la Forcadona, que fue por donde primero intenté subir, la maleza cierra el paso rápidamente. Si uno se lo propone, luchando un rato con ella, se alcanza una terracita inclinada, desde donde ya no es difícil alcanzar el collado y subir al Nevadín, aunque siempre campo a través.


Miro de Rabón (1.981 m.), con el collado de la Forcadona a la derecha y la Forcadona -cuya forma de V desde aquí no se aprecia, debajo. Vista desde La Loma al Nevadín, que es el cordal que cierra el valle de Prao Viejo por el este.

Esa opción, en aquel momento no me pareció muy estética, y como ya había estado tres veces en el Nevadín en ese último año, decidí darme una vuelta por el valle, que para subir a la cumbre ya habría tiempo después. Primero me acerqué a la Campera de las Cárcavas, de donde un sendero en horizontal se dirigía hacia el sur, en dirección contraria a la que había venido siguiendo desde Salientes. Poco antes de llegar a la loma que baja del Miro de Rabón, no fui capaz de ver por dónde continuaba el sendero, y tuve que salir al cordal por las bravas. Desde aquí decidí que iba a subir al Miro de Rabón, por la suave y fácil loma, coronando la cima intermedia de las dos apenas perceptibles cumbres que junto con el Miro de Rabón, me indicó Vitín que son llamadas Los Tres Miros.


En lo alto del prado está la Campera de las Cárcavas, bajo dos de los Tres Miros


El corral en la Campera de las Cárcavas


Parte del abedular del Monte del Sexto


De izquierda a derecha, Peña Carnicera (2.032 m.), Cerneya (2.115 m.) y Catoute (2.112 m.)


Aquí también asoma el Catoute, a la izquierda de Valdiglesia y Braña la Pena. En la esquina inferior izquierda, los verdes prados de Prao Viejo


La mina de oro romana de Rabón, en el valle contiguo al de Prao Viejo


El Miro de Rabón, desde la loma de los Tres Miros, que separa el valle de Prao Viejo de el de Rabón


El Nevadín (2.077 m.)

Entre el segundo y el primer Miro -por orden de altura-, encontré una nutrida manada de caballos, que vinieron al galope a saludar, seguramente creyendo que les traería sal. Babú pierde los papeles cuando ve caballos, y sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, sale como un resorte ladrando en su persecución. Esa operación le sirvió en otras ocasiones, cuando se trataba de equinos solitarios, pero ahora su carrera -y la de su colega Brown, igual de excitado- fue cortada en seco por algunos ejemplares de gran tamaño de la manada, que salieron a protegerla de los enfervorecidos cánidos. Me quedé un rato contemplando a los caballos, pero después de las malas maneras que habían mostrado los canes en la presentación inicial, el líder de la manada no les dejaba acercarse de ninguna de las maneras, y arrancaba a por ellos cuando intentaban acercarse.


¡Caballos!, piensa Babú. ¡Vamos a divertirnos un rato!


Cada yegua con su potro viene a ver al forastero


Decepción generalizada al ver que ni sal, ni na de na


El jefe de la manada arremete contra Babú y Brown una y otra vez. No le son simpáticos esos gamberros que vienen ladrando

Viendo que la reconciliación no era ya posible, me marché con mis amigos en dirección al último de los Tres Miros, el de Rabón. Pero de nuevo, para no variar con mi errático itinerario del día, tampoco subí al Miro de Rabón, sino que tomé un sendero horizontal que se dirige hacia el Nevadín por debajo del collado de la Forcadona, y que concluye en una cuenca glaciar -conocida con el simpático nombre de La Segada la Chunga- por encima justo del abedular del Monte del Sexto. Desde allí, subir al Nevadín era tarea fácil, porque sólo había que alcanzar la Loma, unos metros por encima, y continuarla hasta la cumbre. Pero la verdad, no sentía el más mínimo interés por hacer tal cosa, y preferí descender desde allí al bosque a través de una gran terraza, el Chanín del Teso.


Unos metros antes de llegar a la cumbre del Miro de Rabón, decido tomar un sendero casi horizontal y perfectamente recto -¿antiguo canal romano para la mina de oro?- que pasa por debajo del collado de la Forcadona y del Nevadín


Al llegar a la Segada la Chunga, aún continúa hacia la Loma, pero yo bajo por el Chanín del Teso (recuadrado en azul) hacia la Forcadona (abajo a la derecha)


Vista del valle de Prao Viejo, al pasar por encima de la Forcadona y por debajo del collado del mismo nombre. A la izquierda, los prados del Chanín del Teso y más allá, el Monte del Sexto.

Antes de ello, aún al borde de la hoya glaciar, que está repleta de manantiales y pequeños senderos, paré para avituallarme. Fue ése el único momento del día en que Brown paró el motor, descansando a mi lado algo así como diez minutos, que fue lo que duró la parada alimenticia. Como me temía antes de partir de casa que probablemente Babú me acompañara, había echado al morral algo más de alimento, que no me pasara como en la ocasión anterior, en que dos horas antes de acabar la ruta ya no tenía nada que echarme a la boca, por aquello de haber compartido las viandas. Gracias a eso, pude repartir tranquilamente algo de mi comida con los dos animales, que tras tanto derroche energético, bien les tenía que venir.


La pequeña cuenca glaciar de la Segada la Chunga, aunque en esta toma no se aprecia bien su forma cóncava


Descendemos hacia la terraza del Chanín del Teso, y luego a la Forcadona (al fondo)

De ahí descendimos al extremo norte del Monte del Sexto, donde Brown levantó una corza que estaba escondida a apenas diez metros de mí, y de la que no hubiera tenido noticia de no ser por él. Me pareció interpretar que los ladridos que proferían en su persecución eran de júbilo y entusiasmo. Como siempre, no dieron alcance a su presa, porque seguramente ni siquiera era ésa su intención.

A través del húmedo bosque, cruzando numerosas regueras, alcancé uno de los dos arroyos que dar forma a la Forcadona, y por tanto, al punto donde ya había estado unas horas antes. Ya no quedaba otra que regresar a Salientes. Al pasar de nuevo por Prao Viejo, lucía el sol, y las flores abarrotaban el lugar. Brown y Babú estaban agotados. Si hubiéramos acabado allí la jornada, no me cabe duda que ambos hubieran echado una muy larga siesta. Aproveché mientras les dejaba reposar para fotografiarles a destajo, ya que en todo el día no había tenido muchas ocasiones de hacerlo.


Brown, exhausto


Por su mirada inteligente, a veces pienso que Babú es una persona disfrazada de perro

Ésa fue la última vez que vi a Brown. No así a Babú, que nos acompañó a mí y a Vitín hace unos meses hasta el Alto de los Cotrichones. Un Babú que seguramente formará parte de futuras aventuras, siempre tan comedido, fiel y tranquilo.


Siempre con la lengua fuera, siempre corriendo. Quizá ahora también, por algún otro valle. ¿Por qué no?

Gracias desde aquí de nuevo a Vitín, ya que sin su inestimable ayuda, muchos de los nombres que han aparecido a lo largo de este reportaje no hubieran podido situarse correctamente.




Mapa extraído de Google Maps con la ruta realizada en trazo rojo. Pulsar en la imagen para ampliar



Mapa global del espacio natural Alto Sil con la ruta realizada en trazo azul. Pulsar en la imagen para ampliar



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viernes, 2 de octubre de 2009

Brañalibrán


Brañalibrán es el ancho valle que se ve al fondo, en el centro de la foto. A su derecha, la Peñona de Brañalibrán (2.015 m.) y a su izquierda, Los Tres Altos (2.009 m.), que aparece en algunos mapas como Monteviejo

Pocos pueblos del Alto Sil ofrecen tantas posibilidades para fabricar rutas a pie como Salientes, ese remotísimo lugar al fondo de un interminable valle. Rutas consagradas y de fácil orientación y buen camino, rutas más complejas pero factibles, y rutas complejas que no debieran de serlo pero que han llegado a ello por la desaparición de los accesos de antaño.


Peñona de Brañalibrán con su glaciar rocoso, desde el Tambarón

La ruta que voy a describir hoy aparecería en la categoría intermedia, aunque no hace mucho tiempo bien podría haber sido una ruta cómoda y de fácil orientación. O por lo menos, la primera mitad de la ruta, porque luego me fui por las ramas, y me salió un circuito de lo más extraño. Me estoy refiriendo a Brañalibrán, ese valle de sonoro y hermoso nombre que no me canso de oír nombrar. No es uno de los valles más interesantes de Salientes, pero tiene su aquél. Como por ejemplo, el -en mi opinión- glaciar rocoso más llamativo y nítido de todo el Alto Sil.

Esto sucedió a primeros del mes de noviembre de hace dos años, en una gélida mañana que se llegó a los cinco grados bajo cero en Salientes. Recuerdo que salí del coche con todas las capas de ropa de que disponía, porque la humedad de la proximidad del río incrementaba aún más la sensación de frío. Al mediodía, por supuesto, estaría ya en camiseta.


Las ruinas de la ermita de San Roque, a la salida de Salientes

Desde la plaza de Salientes -la de la fuente redonda- continúa la calle principal cuesta arriba en dirección a la iglesia, pero enseguida tenemos una bifurcación a la derecha que es la que hemos de tomar. Sabremos que vamos bien si al salir del pueblo quedan a nuestra izquierda las ruinas de la ermita de San Roque. El camino avanza por entre muros de prados y cruza el arroyo que procede del Alto de Vivero para subir una cuesta empedrada del otro lado. Poco a poco se va acercando a la ladera oeste del Tambarón, pasando por debajo de una zona caliza, donde se encuentra la cueva de la Peña del Moro, identificable por una especie de diminuta escombrera o tierra suelta que tiene a sus pies.


Entrada al valle de Brañalibrán visto desde las afueras de Salientes. En el espolón de la izquierda de la fotografía está la Cueva del Moro


En esas peñas calizas se encuentra la Cueva del Moro. Poco después de dejar este paraje a la izquierda, abandonamos el camino principal (que va al valle de Portilla) para dirigirnos al valle de Brañalibrán

Ahora mismo no recuerdo nítidamente los detalles como para explicar al lector con toda precisión qué debe hacer al llegar a cada cruce -es lo que tiene describir una ruta dos años después- pero no debe tomar el primer ramal que sale a la derecha, que se dirige hacia la ermita de San Pelayo, o lo que queda de ella. A partir de este cruce, el camino principal comienza a subir con bastante pendiente, durante más de medio kilómetro mientras se interna en una pequeña arboleda. Nuevamente sale otro camino a la derecha, mientras el principal gira bruscamente a la izquierda para seguir subiendo hacia Portilla, que es el valle que sale a la izquierda de los dos que tenemos enfrente. Pero nosotros ahora sí tomamos el ramal menos importante, que se dirige al río.


Antes de abandonar el camino principal, veremos en el centro del valle principal de Salientes, a nuestra derecha, las ruinas de la ermita de San Pelayo

Muchos de los ríos de Salientes, Salentinos y Colinas del Campo vieron desbaratados sus cauces durante las colosales lluvias de octubre del 2006, de modo que ahora parecen los de ríos pirenaicos o alpinos, llenos de grava, grandes piedras o ramas, y en ocasiones tres veces su ancho primitivo. Las orillas desaparecieron por completo, y en ocasiones resultan latosos de vadear. Los dos arroyos que hay que cruzar para subir a Brañalibrán son claros ejemplos de ello. Primero se cruza el arroyo de Portilla, para avanzar por la izquierda -margen derecha según el nacimiento- del arroyo de Brañalibrán. Avanzar con fe y determinación, porque los piornos del lado izquierdo del camino, que fue ancho en su día, lo cierran casi por completo durante gran parte del recorrido, y obligan a la lucha cuerpo a cuerpo. Dos años después, no sé siquiera si se podrá luchar ya con ellos.


Todas las soleadas fotografías anteriores están tomadas otro día, a mediodía. La realidad era que todo seguía blanco de escarcha a las diez de la mañana, cuando me aproximo al cruce del segundo arroyo, el de Brañalibrán. Aquí ya se pierde completamente la perspectiva de lo que hay por encima, y hay que tirar de la memoria para hacerse una composición de lugar


El arroyo de Brañalibrán, sin agua en un otoño que pasó a los anales como el más seco en décadas. Las dimensiones del cauce no se corresponden con su máximo caudal, pero quedó sobredimensionado con las riadas de octubre del 2006


Vista antes de cruzar el arroyo. Ya han pasado los mejores colores del otoño, pero aún no se han extinguido del todo

Por fin el camino sale a campo abierto, y se dirige hacia el arroyo, para cruzarlo. Nuevamente un caótico cruce que dudo se pueda hacer antes del verano sin mojarse. Al llegar a la otra orilla ya no hay nada. Bueno, sí lo hay, pero no se ve. En condiciones normales, me hubiera dado la vuelta completamente convencido de que ahí terminaba la ruta por este valle. Pero ya había estudiado la ruta tanto desde otras laderas vecinas, como a través de fotografías aéreas, que aunque no son muy de fiar, porque muestran muchos senderos ya desaparecidos, siempre ayudar a situar lo que sí existe y no aparece en los mapas. Y sabía que había un sendero que subía por entre las escobas hasta la primera repisa glaciar del amplio circo de Brañalibrán. Ahora sólo había que encontrarla, porque no era visible desde la orilla del río.


Extremo norte del circo de Brañalibrán, visto desde el ascenso al corral


Los primeros rayos de sol iluminan al Tambarón (2.097 m.). Se aprecia un sendero en la zona de sol, que sería por donde discurriría la parte final de la ruta

Así que comencé a peinar la zona, de un lado a otro, pero no encontraba absolutamente nada más que escobas quemadas y nueva maleza que crecía por el medio. Por fin, lo localicé y resultó estar justo enfrente de donde había cruzado el arroyo, cuando yo había empezado a buscarlo unos metros más abajo, en la dirección opuesta. Era un sendero relativamente marcado y fácil de seguir, que avanzaba en línea recta, aunque en diagonal respecto a la pendiente. Con sólo cien metros de desnivel se alcanzaba la repisa herbosa con un corral, donde la maleza perdía ya definitivamente su fuerza.


Llego al primer corral. Al fondo se ve la Peñona, pero a partir de aquí me sumerjo en una caótica zona de repisas y terrazas de origen glaciar que no me permiten nunca ver lo que tengo más allá de la siguiente repisa. Afortunadamente, se avanza con facilidad

A partir de aquí había tramos sin sendero, tramos con leves indicios de sendero, y tramos con sendero pisado por ganado, alternando aleatoriamente. No es que fuera de ellos el avance no fuera posible, sino todo lo contrario. Pero yendo por el sendero siempre se va hacia alguna parte, porque las vacas no son tontas. Muy característico de lugares por donde discurrieron grandes glaciares en el pasado, se va ascendiendo por terrazas, sin tener una visión global de la ladera, sino solamente de la repisa que tenemos que ascender a continuación. Yendo paralelo al cordal o arista de la derecha, subiendo otros cien metros de desnivel se alcanza en la siguiente terraza un grupo numeroso de chozos o corros en ruinas. Le pregunté a Vitín si aquella braña era el origen del nombre Brañalibrán, pero a él se le escapaba este dato, lo que quiere decir que debió de convertirse en ruinas hace bastantes generaciones.


Nevadín (izqda. 2.077 m.), Mojón del Cuadro (centro, 1.981 m.) y ladera del Tambarón desde el grupo de chozos en ruinas más arriba del corral. Deduzco que el nombre de Brañalibrán proviene de esta braña


La campera de los chozos queda en el centro de la foto, a la derecha. Desde allí, un sendero va yéndose hacia la izquierda, alejándose del cordal que cierra el valle de Brañalibrán por la derecha. Al fondo, ya asoma la cresta norte de la Peña de Valdiglesia (2.134 m.)


A pesar de su belleza, y de ser la montaña más alta de la sierra de Gistreo (más incluso que el Catoute), la Peña de Valdiglesia (que suele figurar como Valdeiglesias), no figura en muchos mapas.

Por lo que veo en las fotografías que conservo -no muchas- cambié mi trayectoria hacia la izquierda en vez de seguir de frente debido a que el brezo y los canchales cerraban el paso de frente. Recuerdo haber encontrado ya tramos largos de sendero marcados, a la vez que desaparecían casi por completo los arbustos y dejaban paso a la hierba. Se llegaba al nacimiento de un arroyo, en una pequeña pero bonita turbera. A partir de aquí ya se ve el collado o Boqueta de Brañalibrán, y el terreno permite ir ascendiendo libremente por donde nos resulte más cómodo. A nuestra derecha tenemos el inmenso glaciar rocoso, del que se limpió el extremo más próximo a nosotros para formar tres grandes corrales unidos -menudo trabajo-. Cuando comentaba sobre esto con Vitín, me explicaba que los rebaños de ovejas están más seguros del lobo en las pedrizas, porque el lobo no gusta de cazar sobre ellas.


Me aproximo ya a la Boqueta de Brañalibrán (1.909 m.), con el fondo de la Peñona. Lo bueno de estos gélidos amaneceres es que las montañas, incluso las lejanas, aparecen muy nítidas

Aunque por terreno despejado, la pendiente hasta la Boqueta es fuerte. Unos metros antes de llegar a ella, una aparición sobrecogedora se recorta contra el cielo azul intenso: es una vaca que, con el sol detrás y completamente inmóvil, crea una peculiar imagen. Llego al collado y disfruto de la vista hacia el Campo de Martín Moro, más conocido fuera del lugar como Campo o Campa de Santiago, que está por debajo de mí. A mi derecha, siguiendo el cordal, llegaría enseguida a la Peñona de Brañalibrán, y algo de tiempo después, a la Peña Carnicera. Mi objetivo es luego volver atrás desde este último pico y descender desde la Boqueta de Tierrafracio a Salientes. Pero decido primero ir en dirección opuesta, hacia Portilla y el Tambarón, aunque sólo para subir a Los Tres Altos.


Apariciones en la Boqueta de Brañalibrán. La otra imagen -a la que me refería en el texto- la conocerán los que siguieron este blog hace unos meses, porque fue la imagen de perfil de la antigua 'Plataforma para el Desarrollo y Difusión del Alto Sil', hoy en día abreviada al más llevadero 'Alto Sil', que es éste que suscribe


La Boqueta y Peñona de Brañalibrán, y más allá, Cerneya (2.117m., izqda.) y Peña Carnicera (2.032 m., centro)


Aquí se aprecia claramente la similitud del glaciar rocoso de Brañalibrán con un glaciar de verdad


Los tres corrales creados limpiando de piedras parte de esa gigantesca pedriza. El color verde del pasto denota que la foto está tomada en otra época del año

Cuando llego a la larga y plana cumbre de Los Tres Altos, y veo a mis pies la plataforma conocida como El Brañueto bajo el circo norte de Los Tres Altos, cambio de planes y prefiero bajar a explorar este circo y descender a Salientes por el valle de Portilla. Recorro de un extremo a otro El Brañueto hasta un gran corral que me había llamado la atención en otras ocasiones desde la cima del Tambarón. Luego localizo un sendero decente y enlazo con el sendero de Portilla debajo de las zetas conocidas como las Vueltas de Portilla.


Vista desde el cordal cimero de Los Tres Altos hacia la cuenca conocida como El Brañueto, al norte


Esta foto enlaza con la anterior, por encima y ligeramente a la izquierda. Son las dos cumbres del Tambarón. En teoría, aquí iba a dar la vuelta para subir a la Peña Carnicera, pero decidí seguir de frente. El collado que se adivina a la derecha de la cima sur del Tambarón (2.096 m.) es la Boqueta de Portilla, cuya cabecera del valle del mismo nombre estamos viendo. Del otro lado de la boqueta, se baja a Fasgar


El corral en el extremo oeste del Brañueto. Le hablé a Vitín de él, pero, o no lo recordaba, o yo no me supe explicar.

Inicio el descenso hacia Salientes, habiendo dejado la Peñona de Brañalibrán y Peña Carnicera para una futura ruta desde Fasgar y el Campo de Martín Moro. Según voy bajando, recuerdo de repente aquel sendero que atraviesa toda la ladera oeste del Tambarón y que seguí en una ocasión desde el Alto de Vivero, pero que al llegar a La Losera desaparecía. Luego tuve que subir la vertical ladera de La Losera, el único circo glaciar del Tambarón por la vertiente de Salientes. Por lo que vi desde otros lugares del valle, el sendero continuaba dando la vuelta a la montaña, pero de algún modo, me había despistado y perdí un tramo. Ya que estaba ahí y veía el inicio del sendero cuando partía del sendero de Portilla, quise aprovechar la ocasión e ir a investigar.


Aquí se aprecian las dimensiones del zócalo de la Peña Valdiglesia


Nuevo cambio de planes: no bajo todavía a Salientes sino que voy a dar la vuelta entera al Tambarón, por la vertiente de Salientes. Aquí se ve el abedular del valle de Portilla y detrás las camperas de ascenso por Brañalibrán, en color amarillo, con la Peñona y el glaciar rocoso en la parte superior izquierda

Este sendero va ganando altura entre escobas no muy altas, pero que a veces se juntan y estorban. Se llega a un curiosísimo yerbazal, inmenso y de una hierba finísima y alta, que causa una sensación como de estar en un oceáno encrespado. A pesar de ser inconfundible en Salientes desde la distancia y no haber otro parecido por la zona, no tiene un nombre. Es el final del Cordal, una de las lomas que bajan desde el Tambarón. Aquí hay una caseta que parece un registro o toma de agua para el pueblo. Atravieso el denso mar de hierba y busco al otro lado el sendero, que encuentro después de investigar un rato. Sigo atravesando la ladera del Tambarón hasta que llego por debajo del punto en que lo perdí la otra vez. Desde aquí podría subir cincuenta metros de desnivel y tomar el final del otro sendero para ir hasta el Alto de Vivero, pero he notado que mi actual sendero continúa. Salgo de la pequeña vaguada, de nuevo entre escobas, pero ahora el avance es bastante penoso. Supero el borde de la vaguada en lucha con los matorrales, y llego al tramo calizo de Fana Rubia, donde no hay matorral pero tampoco sendero.


En el inmenso y tupido yerbazal de la loma conocida como El Cordal. No he visto otro de estas características y dimensiones en todo el Alto Sil. Y curiosamente, no tiene nombre. Ni Vitín ni Celia me dieron un nombre para él


Cima norte del Tambarón desde el mismo lugar


Y Salientes


Pista de Salientes a Vivero con el Nevadín y el Mojón del Cuadro (de izquierda a derecha)

Si siguiera de frente, cruzaría otra vaguada y me plantaría de nuevo ante más escobas peleonas, por lo que no me queda otra opción razonable que ascender en línea recta por el tramo herboso calizo hasta localizar el sendero que va al Alto de Vivero. Este tramo se me hizo durísimo, porque el terreno tenía una inclinación enorme, y en algunos lugares había que ir con cuidado para no resbalar. Por fin alcancé el sendero, y ya por terreno conocido, recorrí el kilómetro largo que me separaba del Alto de Vivero. De ahí, ya por pista, los kilómetros finales hasta el pueblo de Salientes, del que salí por la mañana con intención de volver a él desde el sur, y al que regresé desde el norte.


El Tambarón visto desde la pista, en Brañarreonda. En la esquina superior derecha se aprecia la mancha amarilla del yerbazal. El sendero que recorrí atraviesa toda la montaña por encima del abedular


Después del larguísimo periplo, llego por fin a Salientes. Salientes es un lugar para volver, y muchas veces.




Mapa extraído de Google Maps con la ruta realizada en trazo rojo. Pulsar en la imagen para ampliar




Mapa global del espacio natural Alto Sil con la ruta realizada en trazo azul. Pulsar en la imagen para ampliar



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