La Veiga Ventana, en el mismo puerto de Somiedo
No todo en este blog han de ser largos itinerarios plagados de demoledoras cuestas, ni batallas campales con escobas, piornos, zarzas y tupido brezo. Ni hermosas rutas espolvoreadas de escombreras mineras, vertederos o recientes incendios. A veces uno sale a dar un paseo, por aquello de estirar las piernas, sin ganas de complicarse la vida ni de acumular mucho ácido láctico.
Mar de nubes en Somiedo. Luego subiría hasta el puerto. A la izquierda, el Mocosu (1.989 m.) y al fondo, la afilada Peña Mochada (1.659 m.)
Peña Mochada con teleobjetivo
El otro día -uno cualquiera-, me apetecía recorrer el tramo entre el puerto de Somiedo y Llamardal, por donde fuera, aunque ello supusiera seguramente un largo trecho por asfalto. Porque hay lugares que, por muy despacio que se recorran en coche, nunca llegan a ser lo mismo que cuando se realizan a pie. Como ocurre con el puerto del Connio, sin duda el más hermoso de la cordillera Cantábrica.
El Cornón (2.188 m, izqda.) y la Penouta (1.976 m.), con el hayedo a sus pies
Otra vista de la Penouta, desde el límite del hayedo
La previsión del día era de lluvia, y no estaba la cosa como para aventurarse hacia las cumbres. Así que este proyecto simple y cómodo encontró este día su realización. Partiendo del puerto en dirección Asturias, hay una simpática recta, bordeada por ambos lados de laderas que convierten este tramo en una especie de ancha trinchera llamada la Veiga Ventana. La humedad del lugar la convierte en una estrecha turbera, siempre verde y esponjosa. Al llegar al final de la recta, la carretera se vuelca hacia el abismo, ese abismo que no existe por la vertiente leonesa del puerto, que es una vulgar cuesta sin apenas pendiente ni trazas de puerto de montaña. Una sucesión de artísticas zetas nos deja en el pueblo de La Peral, el primero de la vertiente asturiana. Pero antes de iniciar ese descenso, encontré un sendero muy pisado de ganado que iba en horizontal, aparentemente en dirección a las brañas de Valdecuélabre, ésas del pueblo de Llamardal que se encuentran a la caída de la espectacular cara noroeste de Peña Salgada. Pero al llegar a un nutrido grupo de vacas, el sendero tocaba a su fin, muy lejos del objetivo que yo había fantaseado.
La Peral, a punto de sumergirse en el océano
Peña Salgada (1.979 m.)
Vuelta atrás, y más o menos en el mismo punto, un camino desciende paralelo a la cárcava del arroyo que nace justo al final de la Veiga Ventana. El camino atraviesa las últimas hayas, muy dispersas ya, del hayedo que tapiza la ladera por encima de la carretera. Poco después se llega de nuevo a la carretera, habiendo evitado todas las curvas por este atajo. Justo enfrente sale el desvío que lleva a La Peral, que tomo. Llegando a la entrada del pueblo, junto al aparcamiento habilitado para que los vehículos de los visitantes no lo atasquen, un camino desciende hacia la derecha, dirigiéndose hacia el río. Vadea un primer arroyo -más bien canalizado- por una pequeña pasarela, pero con el río Somiedo ya no puede. No sé en otro momento del año, pero ahora no se puede cruzar. Media vuelta.
La Encarralina (1.862 m.)
Al llegar de nuevo a la carretera general, empieza a llover. La niebla, que antes llegaba sólo hasta La Peral, ahora ya queda por encima de mí. Coincido para refugiarme en la parada de autobús del cruce con una pareja mayor que ejercita las piernas. Las palabras de rigor:
- ¿Qué eres, del Puerto?
- No, de Villablino
- ¿Qué haces por aquí?
- Dar una vuelta, aunque ahora parece que ya se acabó
- Daban lluvia para hoy, pero parece que iba salvando
- Sí, pensé que llegaría para la tarde
- ...etc, etc
Roca llena de fósiles marinos
Y así fue el resto de la jornada. No demasiado interesante
Puse la capa de agua por encima de la mochila y su propietario, y contradije mis propias palabras de 'ya se acabó', porque seguí caminando en dirección norte, ya por la carretera, porque ahí ya no había alternativa posible fuera de ella. La niebla era bastante cerrada, y las vistas a las montañas se acabaron por ese día. Ya no levantaría. Hasta llegar a la provincia de León, claro. Continué dos kilómetros carretera abajo, pasado Llamardal, pero aquello carecía por completo de alicientes, así que, ahora todo por carretera, y por las zetas, de vuelta al Puerto. La lluvia no molestó más que un rato, pero la jornada ya poco podía ofrecer. Aún así, a lo tonto, habían sido catorce kilómetros de caminata. Un buen paseo.
Apariciones en la niebla. No, esta cigüeña no pasó del puerto

Mapa extraído de Google Maps con la ruta realizada en trazo rojo. Pulsar en la imagen para ampliar
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